"Tengo el corazón encogido y las manos frías, no sé si alguna vez has conocido esta sensación. Son las cuatro de la mañana y me acompaña un halo de incertidumbre porque no sé si todo está bien. Ya sabes que siempre he sido la que le da la vuelta a la realidad y la transforma en un remolino de palabras contradictorias. No sé, siempre he sido así. Lo sabías y aun así te quedaste. Respiras hondo y tu pecho se eleva llenando tus pulmones de aire. La expresión de tu cara cambia, me transmites cierta paz. Mi cerebro desecha rápidamente el sentimiento y escondo la cara entre mis rodillas. Son las cuatro de la mañana y algo dentro de mi se empeña en observarte, en memorizar cada centímetro de tu piel. La calma que me transmites se mezcla con la frustración que me produce no controlar la situación y se me revuelve el estomago. Estoy hecha de incertidumbre y caos, de olas que rompen en las rocas de un acantilado, de martes lluviosos, del frío que se cuela entre los huesos. Te giras y me miras con los ojos cerrados. Me encantan tus pestañas, la forma que tiene tu boca. El color de tus labios. Pero odio que llegaras y empezaras a besar mis cicatrices, que me dijeras que todo iba a ir bien. Odio que pararas la lluvia que me empapaba desde dentro y me sacaras de aquel agujero al que llamaba hogar. Ahora, a cuatrocientos kilómetros de todo lo que conozco, en esta habitación de hotel cutre, en esta cama fría y dura, creo que echo de menos los gritos de aquel que decía ser mi padre. Las noches sin dormir, los gritos al otro lado de la pared. La incertidumbre de no saber si esa sería mi ultima noche, la angustia que se adueñaba de cada centímetro de mi piel. Me siento hielo, y temo que si te acercas demasiado acabe cortándote a ti también. O que me derritas, y no pueda hacer nada y finalmente acabe convirtiéndome en agua. De repente te despiertas, me buscas entre la noche y me abrazas. Deshaces mis nudos. Me paras el corazón. Mandas a dormir a mis demonios, y yo te dejo hacer. Me siento en casa."
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lunes, 2 de febrero de 2015
domingo, 26 de octubre de 2014
Si te pido que te quedes, por favor, hazme caso.
Escrito por
Alejanndrez
No me rompas el corazón de nuevo, por favor, así no.
Ya estás volviendo la mirada, alejándote de mí en tus pensamientos
y ya comienzo a sentir por dentro como algo se hace añicos.
No te pido que me quieras, aunque si estuvieras dispuesto a hacerlo
yo no te pondría ningún obstáculo, quiéreme si quieres o no lo hagas,
eres libre.
Solo te pido, por favor
Que sonrías al ver que me mancho de leche en el desayuno.
Y cuando me recupere, cuando este curada, márchate si quieres.
Solo te pido un poquito de tu tiempo.
Una sonrisa.
No te cuesta nada, por favor, quédate.
- El problema está en que si me quedo ahora, si te acompaño y te cuido.
Si te protejo de tus pesadillas y espanto a tus miedos.
Tu sonríes.
Y me miras con esos ojos del color del verano.
Y me haces creer que el único lugar para mi es aquí, junto a ti,
en este caos entre el amor y la soledad.
Si me quedo ahora, nunca podré irme, ni aunque la brisa se levante para acompañar mis pasos.
¿Lo entiendes?
Ni aunque me lo supliques porque tu corazón ya sano, no me necesita.
Porque te enamoraras de otros.
Porque el tiempo avanza y tu con él, y cambian tus manos y tus piernas,
y los pensamientos que tienes se te olvidan.
Pero yo me quedo atrapado para siempre. ¿No lo entiendes?
Me quedo atrapado, en este instante, para siempre.
Siempre tendrás estos ojos y este pelo. Siempre serás igual de joven,
igual de bella. Tanto por dentro como por fuera.
Seguirás siendo tu, así, para siempre.
Y aunque mil veces me digas que no eres la misma. Para mi lo seras
Si me quedo aquí, ahora
Me enamoraré de ti de tal forma que... me acabaras odiando.
domingo, 15 de junio de 2014
Oniria encuentra a Insomnia y los dos, conectan bien.
Escrito por
Alejanndrez
Una vez, conocí una chica.
Estaba hecha de extremos. De mañanas de invierno que te calientan la piel y tardes de agosto que te hielan los huesos. Era lluvia. Como diciembre en julio.
Nunca miraba atrás. Nunca se preguntaba por qué.
Con ella descubrí la primavera. Me volví adicto a sus besos y al placer de verla amanecer antes de dormir.
Se convirtió en mi mundo, pero también en mi perdición. Sus días eran mis noches.
Sus sueños, mis ambiciones.
Un día, sus demonios decidieron volver y no tardaron en aparecer las nubes, y las hojas volvieron a decorar las calles. Abril dio paso a noviembre y me desgarró la piel. Sus días se convirtieron en noches, cada vez más oscuras, cada vez más amargas. Noches de insomnio. Noches solitarias, ausentes. Aquello era demasiado denso, demasiado oscuro, demasiado amargo. Acabó consumiéndome.
Por eso ahora, estoy aquí, contigo. Poniendo las cartas sobre la mesa: podemos estar juntos, salir a cenar, tomar un helado, pasarlo bien. Pero no puedes pedirme que te quiera, ni que me convierta en tu mundo, porque eso, cariño, se lo quedó ella.
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